El idiota

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En la entrada junto a la cual se habían acomodado las Epanchinas y sus acompañantes, apareció un grupo como de una docena de personas. Delante caminaban tres damas, dos de ellas de notable belleza, lo que no hacía extraño que las siguiesen tantos adoradores. Pero había algo peculiar en el conjunto del grupo, algo que lo diferenciaba de todo el resto de aquel público congregado en torno a la música. La gente reparó en ellos, la mayoría fingió no verles y sólo algunos jóvenes cambiaron entre sí sonrisas y palabras a media voz. No obstante, era difícil desentenderse de la presencia de los recién llegados, porque hablaban y reían harto alto y fuerte para poder pasar inadvertidos. Era presumible que entre ellos iban algunos beodos. Aunque ciertos miembros del grupo eran hombres vestidos con elegancia, otros ostentaban trajes de extraña apariencia, tenían un extraño aspecto y mostraban rostros extrañamente excitados. Había entre ellos varios militares y algunos hombres maduros. No faltaban entre los forasteros personas con ropas de excelente corte, anillos y botonaduras soberbias, patillas y cabellos relucientes y bien peinados, y rostros de una dignidad majestuosa. Pero eran, con todo, personas de esas de las que la sociedad huye como de la peste. Entre nuestros lugares de placer de las cercanías de la capital hay sin duda algunos que se distinguen por su respetabilidad y tienen una reputación de buen tono perfectamente justificada; pero el hombre más precavido no puede garantizar que en un momento dado no caiga sobre su cabeza una teja desprendida de una techumbre. Y esta teja era la que acababa de precipitarse sobre el distinguido público congregado allí para oír la música.


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