El idiota
El idiota Michkin oyó que le calificaban de idiota y se estremeció, no a causa del calificativo (que olvidó casi en el acto), sino porque, no lejos del lugar donde estaba sentado, percibió al mismo tiempo un rostro pálido, de cabellos oscuros y rizados, con una sonrisa y una mirada que él conocía bien. Aquella visión fue fugaz como un relámpago; podía incluso ser una alucinación. Sólo le quedaba el recuerdo de una sonrisa torcida, de dos ojos y de una presuntuosa corbata de color verde pálido. ¿Dónde estaba ahora el hombre a quien pertenecía la corbata? ¿Se había perdido entre el público o entrado en la estación? Michkin no supo decidirlo.
Un minuto después comenzó a dirigir inquietas miradas en torno. Aquella aparición debía presagiar otra. ¿Cómo no se le había ocurrido la posibilidad de cierto encuentro cuando fue a oír la música con las Epanchinas? Cierto que, en su turbación, salió de casa de Lisaveta Prokofievna sin saber a dónde iba. De hallarse en situación de hacer observaciones, hubiese advertido desde quince minutos antes la inquietud de Aglaya, quien paseaba entre el gentío miradas inquisitivas, como buscando algo o a alguien. A medida que crecía la agitación de Michkin se tornaba más visible también la de la joven. Y lo que ambos esperaban con tal ansiedad no tardó en producirse.