El idiota

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—¿Por qué me mira así, príncipe? —preguntó ella, de pronto, dejando de reír y de hablar con los que la rodeaban—. Me asusta usted. En estos casos pienso siempre que va usted a tender el dedo y tocarme el rostro para convencerse de que soy real. ¿Verdad que lo parece, Eugenio Pavlovich?

Michkin, sorprendido de que le hablasen, escuchó, trató de comprender y no debió conseguirlo, porque no contestó una sola palabra. Pero viendo que Aglaya y los demás reían, abrió la boca y se asoció a la general hilaridad. Ello redobló las risas. El oficial, que debía de ser hombre muy alegre, se contorsionaba. Aglaya, irritada, murmuró para sí:

—¡Idiota!

—¿Es posible que esté enamorada de semejante…? ¿Es posible que esté tan rematadamente loca? —gruñó la generala.

Alejandra se inclinó hacia su madre y le habló al oído.

—Es una broma, una broma como la del otro día con el «hidalgo pobre», y nada más —aseguró— la joven Aglaya no quiere más que mortificarle, pero exagera un poco. Hay que terminar con esto, maman. Antes Aglaya ha estado fingiendo para asustarnos…

—Menos mal que se le ha ocurrido obrar así con un idiota… —murmuró Lisaveta Prokofievna, algo tranquilizada.


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