El idiota

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Michkin, lejos de notar que otros platicaban con Aglaya en términos galantes, casi no se daba cuenta de que se hallaba al lado de la joven. Había ocasiones en que deseaba desaparecer definitivamente, irse a algún lugar desierto, melancólico, si hubiera podido encontrarse en alguna parte un sitio donde poder hallarse a solas con sus pensamientos. Y ahora, ya que otra cosa no, quería hallarse en su casa, en su terraza, solo, sin ver a nadie, ni aun a Lebediev o a sus hijos. De buena gana hubiese pasado treinta y seis horas tendido en un diván, con el semblante hundido en el cojín. A ratos soñaba en las montañas, y sobre todo en cierto punto de ellas, su lugar preferido cuando moraba en Suiza. Desde allí había salido contemplar la aldea, las nubes blancas, las ruinas de un antiguo castillo, la cascada semejante a un hilo blanco casi invisible. ¡Cuánto habría dado por hallarse allí, pensando en una sola cosa, siempre grata de imaginar aun cuando viviese mil años! Aquí le era igual que se le olvidara en absoluto. Incluso le parecía preferible. Habría querido que nadie le tratara jamás, que todas las visiones de aquellos instantes fueran sólo un sueño. Y en realidad, ¿no lo eran? A veces contemplaba a Aglaya sin apartar de ella los ojos en cinco minutos, con extraña mirada. Parecía que mirase a la joven como si se tratara de un objeto situado a dos verstas de él, o como un retrato y no una persona viviente.


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