El idiota
El idiota La tarde era magnífica; había mucho público en el parque. Como todos los lugares próximos a la banda estaban ya ocupados, el grupo se sentó a la izquierda de la salida que comunicaba con la estación. La gente, la música distrajeron algo a la generala y a sus hijas: cambiaban miradas con los conocidos insinuaban desde lejos amables saludos, examinaban los vestidos, descubrían ciertas extravagancias en ellos y las comentaban con sonrisas burlonas. Eugenio Pavlovich saludaba muy a menudo. Varios repararon en Michkin y Aglaya, que continuaban juntos. En breve se acercaron a las Epanchinas varias personas de su amistad, y algunas quedáronse para entablar conversación. Todos eran amigos de Eugenio Pavlovich. Entre ellos iba un joven oficial muy gallardo, de muy buen humor y de trato agradable. Este hombre se apresuró á interpelar a Aglaya, haciendo los mayores esfuerzos para cautivar la atención de la joven, quien le correspondió con mucha gentileza. Eugenio Pavlovich indicó al príncipe su deseo de presentarle aquel amigo, y aunque Michkin apenas se dio cuenta de lo que le decían, se realizó la presentación. Ambos hombres, pues, se estrecharon la mano. El amigo de Radomsky dirigió una pregunta a Michkin, quien masculló unas palabras de modo tan extraño, que el oficial no pudo por menos de examinarle con atención y extrañeza. Después miró a Eugenio Pavlovich, y comprendió por qué Radomsky había querido presentarlos. El oficial sonrió ligeramente y volvió a hablar con Aglaya. Únicamente Radomsky observó que la joven se había ruborizado durante aquella escena.