El idiota
El idiota —¡Está loca, demente, se lo aseguro! —exclamó el príncipe con voz agitada, tendiendo al oficial sus manos temblorosas en un movimiento maquinal sin duda.
—Seguramente. No puedo jactarme de estar informado sobre el asunto. Pero deseaba recordar su nombre, señor.
Saludó con una inclinación de cabeza y se fue. La policía apareció a los cinco segundos justos de haber desaparecido los actores de la precedente escena. El escándalo no había durado más de un par de minutos. Algunos de los presentes se levantaron y salieron; otros, limitáronse a cambiar de lugar. No faltó gente a quien agradase el asunto, que al menos daba pábulo a vivas y animadas conversaciones. En resumen todo terminó como si no hubiese pasado nada. La banda comenzó a tocar otra vez. Michkin se creyó obligado a reunirse con las Epanchinas. Si cuando el oficial le empujó hubiese mirado a la izquierda de la silla en que fue a caer, Michkin habría podido ver a Aglaya, quien, sorda a los requerimientos de su madre y hermana, se había detenido para asistir a la tumultuosa escena. El príncipe Ch. dirigiéndose a ella, la persuadió al fin de que se marchase. Cuando la joven se reunió a su familia. Lisaveta Prokofievna, advirtiendo su agitación, creyó que su hija no había entendido siquiera lo que pasara ante sus ojos. Pero dos minutos después, al entrar en el parque, Aglaya dijo, con su habitual acento indiferente y caprichoso: