El idiota
El idiota Aquel escándalo había casi colmado de terror a la generala y sus hijas. Lisaveta Prokofievna, inquieta y alarmada, volvió a casa con las jóvenes a paso de carrera. De acuerdo con sus nociones e ideas, había pasado algo tan grave y héchose luz sobre tantas cosas, que su cerebro, aun en su turbación, empezaba a formular ciertos pensamientos muy definidos. Las jóvenes comprendían, como su madre, que había ocurrido un hecho importante y que, acaso por fortuna, estaba a punto de descubrirse un grave secreto. Pese a todas las afirmaciones del príncipe Ch., Eugenio Pavlovich, ahora, había sido desenmascarado, y quedado públicamente convicto de mantener relaciones con aquella mujer. Así pensaban la generala y sus hijas mayores. Pero ello no aclaraba cosa alguna. Aunque ambas estuviesen un tanto indignadas contra su madre por aquella marcha, tan precipitada que se asemejaba a una huída, no osaron exteriorizar su disgusto, en la turbación de los primeros momentos. Por otra parte, parecíales que su hermana Aglaya estaba mucho más al corriente de la razón de lo ocurrido que todas ellas, incluso su madre. El príncipe Ch., sombrío como la noche, parecía absorto en profundos pensamientos. Durante todo el trayecto Lisaveta Prokofievna no le dirigió palabra, sin que él reparase, aparentemente, en el silencio de la generala. Adelaida quiso hacerle hablar.
—¿Qué tío es ese del que hablaban y qué ha sucedido en San Petersburgo?
