El idiota
El idiota —¿Quién le ha dicho semejante cosa? —intervino súbitamente Eugenio Pavlovich—. Esa es una ley, sin duda, pero una ley no más ni menos normal que la de la destrucción, e incluso la de la destrucción personal. ¿Acaso la única ley normal de la humanidad consiste en el instinto de personal conservación?
—¡Ah! —exclamó Hipólito de repente.
Y contempló a Radomsky con extraña mirada. Pero notando que Radomsky reÃa, rio él también, tocó a Kolia con el codo y le preguntó nuevamente la hora. Después, cogió él mismo el reloj de plata de su amigo y examinó las manecillas con ansiedad. Luego, como olvidándolo todo, Hipólito se tendió en el diván, púsose las manos cruzadas tras la cabeza y miró al cielo. Medio minuto más tarde se incorporó, sentóse en una silla ante la mesa y prestó oÃdo a las palabras de Lebediev, que rebatÃa apasionadamente la paradoja de Eugenio Pavlovich.