El idiota
El idiota —¡Es una idea pérfida y burlona, una idea insidiosa e hiriente! —vociferaba el funcionario—. Ha sido lanzada aquà como una manzana de discordia… y, sin embargo, es justa… Usted, oficial de caballerÃa e irónico hombre de mundo, a pesar de lo cual no está desprovisto de inteligencia, no sabe bien lo verdadera y profunda que su idea es. ¡SÃ: la ley de conservación personal y la de destrucción personal son igualmente poderosas en el mundo! El diablo seguirá conservando su imperio de siempre sobre la humanidad hasta un momento y un lÃmite que nos son desconocidos todavÃa. ¿Se rÃe? ¿No cree usted en el diablo? Pues yo le digo que la incredulidad en el diablo es una idea francesa, y un concepto frÃvolo. ¿Sabe usted quién es el diablo? ¿Sabe cómo se llama? Pues, no obstante, sin saberlo, se burla usted de su forma, a ejemplo de Voltaire, de sus patas ganchudas, de su cola, de sus cuernos, de todo eso que ustedes han inventado. En realidad, el demonio es un espÃritu amenazador y potente y no tiene cuernos ni cola: ustedes son quienes le atribuyen esos detalles. ¡Pero ahora no se trata de él!
—Y, ¿por qué sabe usted que no se trata de él ahora? —preguntó Hipólito, con una risa convulsiva.
—La idea es sutil e invita a pensar —aceptó Lebediev—; pero tampoco se trata de eso. Se discutÃa si hemos debilitado o no las fuentes de la vida con la extensión…