El idiota
El idiota —¿De los ferrocarriles? —sugirió vivamente Kolia.
—No precisamente de los ferrocarriles, impetuoso joven, sino en general con la tendencia de la que los ferrocarriles pueden ser considerados sÃmbolo y expresión. Se nos asegura que ellos, al apresurarse, al precipitarse, al correr, trabajan por la dicha humana. «La humanidad es ya demasiado industrial y demasiado agitada», deplora un pensador solitario. «SÃ, pero el fragor de los vagones que llevan pan a la humanidad hambrienta vale más que la tranquilidad de espÃritu», replica triunfalmente otro pensador, del que hallamos ejemplares en todas partes. Y después continúa su camino, satisfecho. Pero yo, el despreciable Lebediev, no creo en los vagones que transportan pan para la humanidad. Porque, si les falta un principio moral de la acción, los vagones que transportan pan, pueden, frÃamente, privar de él a parte de la humanidad, como ya se ha visto que sucede a veces…
—¿Son los vagones los que privan frÃamente? —insinuó uno.
Lebediev no se dignó atender la interrupción.