El idiota
El idiota —Mi conclusión —dijo Lebediev, con voz tonante— contiene la respuesta a uno de los mayores problemas de antaño y de hogaño. El culpable concluyó entregándose a las autoridades. Dadas las costumbres de entonces, ¿qué torturas no le esperaban, qué instrumentos de suplicio no se ofrecían ante él? ¿Qué le impulsó a denunciarse? ¿Por qué no se detuvo meramente en la cifra de sesenta víctimas, ocultando el secreto hasta la hora de su muerte? ¿No podía dejar en paz a los monjes e ir a hacer penitencia en un desierto? Pero ésta es la clave del enigma. Para él había algo más fuerte que los suplicios, la rueda, el fuego, el potro, algo más fuerte que una costumbre de veinte años. Un sentimiento íntimo más poderoso que todas las calamidades de entonces como el hambre, las torturas, la lepra; una idea que, guiando los corazones y ampliando las fuentes de la vida, hacía soportable a la humanidad aquel infierno. Pues bien, muéstrenme algo semejante en nuestro siglo de vicios y de ferrocarriles… Ya sé que debía decirse «en nuestro siglo de vapores y de ferrocarriles»; pero yo digo «en nuestro siglo de vicios y de ferrocarriles», porque puedo estar borracho, pero tengo razón. Señálenme una sola idea que ligue entre sí a los hombres con la mitad de fuerza que aquélla los unía en tales siglos. ¡Y aún se atreven ustedes a sostener que las fuentes de la vida no se han debilitado y corrompido bajo esa «estrella», dentro de esa red en que los hombres se encuentran apresados! No me hablen de prosperidad, de riquezas, de la rareza de las carestías, de la rapidez de los medios de transporte… Hoy hay más riquezas, pero menos fuerza. Ya no existe idea alguna que una los corazones: todo se ha ablandado y relajado, todo está lisiado y nosotros también. ¡Todo, todos! Pero en fin, no se trata tampoco de eso, respetable príncipe. Se trata ahora de prepararnos para la colación que vamos a ofrecer a nuestros visitantes.