El idiota
El idiota Las palabras de Lebediev habían indignado a varios de los concurrentes (debe advertirse que en el intermedio se habían descorchado varias botellas más), pero su inesperada conclusión apaciguó los ánimos por completo. El propio Lebediev definió tal modo de terminar su perorata como «un hábil procedimiento abogacil de hacer cambiar de aspecto un asunto». El buen humor de los visitantes se manifestó con nuevas risas. Todos, levantándose, comenzaron a pasear por la terraza para desentumecer los miembros. Sólo Keller se manifestó descontento y extremadamente agitado cuando Lebediev acabó su discurso. Iba de uno a otro, exclamando con fuerte voz:
—¡Es monstruoso! Ataca la cultura, elogia el atraso del siglo doce, hace espavientos a todo y, sin embargo, ¿es un hombre puro? ¿Quieren decirme cómo se ha arreglado para comprar esta casa?
En otro rincón, el general Ivolguin peroraba ante un grupo de oyentes, dirigiéndose en particular a Ptitzin, a quien había cogido por un botón de la levita.