El idiota
El idiota Ya dijimos que la beldad de la casa era incuestionablemente Aglaya, la más joven de las tres hijas. Pero Totsky, aunque hombre de ilimitado egoÃsmo, juzgó inútil dirigirse en aquel sentido, comprendiendo que Aglaya no serÃa para él. Acaso el ciego amor y el extraordinario afecto de las hermanas exagerase la nota; mas el caso era que, de un modo u otro, habÃan convenido entre sà que el destino de Aglaya no serÃa un destino vulgar y que habrÃa de alcanzar uno excepcionalmente brillante, el más alto ideal posible de la felicidad terrena. El futuro esposo de Aglaya debÃa ser un dechado de perfecciones además de poseer una vasta riqueza. Las dos hermanas mayores habÃan convenido, casi sin palabras, que en caso necesario harÃan por Aglaya todos los sacrificios posibles. De este modo, la dote de la menor serÃa colosal, inaudita. Los padres conocÃan este pacto de las hermanas mayores y, por lo tanto, cuando Totsky pidió consejo, creyeron poder obtener con certeza el asenso de Alejandra o de Adelaida, tanto más cuanto que el opulento Atanasio Ivanovich no serÃa muy exigente en materia de dote. El general, dado su profundo conocimiento de la vida, concedió desde el primer instante todo su valor a las proposiciones de su amigo. Como éste, en virtud de ciertas circunstancias especiales, habÃa aventurado su indicación con suma cautela, limitándose, por decirlo asÃ, a explorar el terreno, los Epanchin no hablaron del asunto a sus hijas sino en el sentido de una posibilidad remota. Recibieron como respuesta una satisfactoria aunque algo vaga seguridad de que Alejandra, llegado el caso, no se negarÃa al enlace. La mayor era una muchacha de buen carácter y fácil de convencer, sin que ello significase que no tuviera voluntad propia. Era de creer que estuviese dispuesta a casarse con Totsky, y que, si daba su palabra, la mantuviera fielmente. No le gustaba la vida ostentosa, y asÃ, en vez de perturbar y trastornar la vida de su marido, llevarÃa a ella dulzura y paz. Alejandra era muy hermosa, aunque no absolutamente deslumbrante. ¿Qué más podÃa pedir Totsky?