El idiota
El idiota Hipólito, confuso, se interrumpió súbitamente.
—Señores —dijo—, no he vuelto a releer este escrito y temo haber anotado en él muchas cosas inútiles. Este sueño…
—No dices más que la verdad —se apresuró a indicar Gania.
—Reconozco que hay demasiados detalles personales, quiero decir, demasiadas cosas que sólo se refieren a mÃ…
Hipólito, al hablar, se enjugaba con el pañuelo el sudor que cubrÃa su frente. Estaba, al parecer, cansado y exhausto.
—SÃ, usted se ocupa demasiado de sà mismo —dijo Lebediev, con voz sibilante.
—Repito, señores, que no exijo la atención de nadie. Si alguno no quiere escuchar, puede irse.
—¡Pone a la gente a la puerta de una casa que no es la suya! —rezongó Rogochin.
—¿Cómo vamos a hacerlo? ¿No ve que entonces nos irÃamos todos? —intervino Ferdychenko, que hasta entonces no habÃa vuelto a hablar.
Hipólito bajó la cabeza y empuñó su manuscrito. Pero, casi inmediatamente, volvió a levantar la cabeza, sus ojos relampaguearon y en sus mejillas se acentuaron las dos manchas rojas.
—Ya veo que no me estima usted —dijo, contemplando a Ferdychenko con fijeza.