El idiota
El idiota Sonaron risas. Sin embargo, los más no rieron. El joven se ruborizó intensamente.
—Hipólito —aconsejó Michkin— déme el manuscrito y no lea más. Va usted a acostarse en mis habitaciones. Antes de dormirnos charlaremos y mañana también; pero quede bien entendido que en el futuro no volverá a pensar en ese trabajo. ¿Quiere?
—¿Lo cree posible? —repuso Hipólito, con aspecto de profunda extrañeza. Y añadió, con animación febril—: Señores, éste ha sido un lance tonto; no he sabido comportarme. No volveré a interrumpir la lectura. Quienes quieran, que escuchen.
Bebió apresuradamente un trago de agua, se acodó en la mesa, inclinando la cabeza para sustraerse a las miradas de los demás y, a despecho de todo, comenzó a leer. Su confusión desapareció en seguida.