El idiota

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»La idea de que no vale la pena vivir por unas semanas —prosiguió— principió, sino me equivoco, a invadir mi espíritu hace un mes, es decir, cuando me quedaban cuatro semanas de existencia; pero no se adueñó de mí por completo hasta hace tres días, o sea a raíz de la velada transcurrida en Pavlovsk. La primera vez que me sentí plenamente penetrado de ese pensamiento fue en la terraza del príncipe, en el momento en que yo imaginaba hacer un último ensayo de vida. Entonces quise ver gente, mirar los árboles, y hasta parece que lo dije; me acaloré, sostuve el derecho de Burdovsky; soñé con que todos me abrieran sus brazos y me estrecharan contra sus corazones; imaginé que habría entre ellos y yo no sé qué perdones mutuos, y, en resumen, terminé como un imbécil. Y en aquellos precisos instantes se produjo también en mí la «convicción definitiva». Hoy me pregunto cómo pudo hacerse esperar seis meses enteros. Me sabía positivamente víctima de una dolencia implacable, y no me hacía ilusión alguna, pero experimentaba el deseo de vivir tanto más ardientemente cuanto con más claridad me daba cuenta de mi estado: me asía a la vida, deseaba vivir, costase lo que costara. Admito que pude entonces irritarme contra el destino ciego y sordo que, sin motivo, quería aplastarme como a una mosca; pero ¿por qué no me atuve a esa ira? ¿Por qué comencé a vivir, sabiendo que no valía la pena de comenzar; por qué intenté el ensayo cuya inutilidad de antemano reconocía? Ni siquiera podía leer un libro hasta el fin, y había renunciado a la lectura, porque, ¿a qué leer ni instruirse para sólo seis meses? Este pensamiento me hizo tirar lejos de mí, más de una vez, el libro que tenía entre manos.


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