El idiota

El idiota

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

»Recuerdo ahora el ávido interés con que entonces comencé a seguir la vida de los demás, cosa que nunca me interesara en el pasado. A veces, cuando me sentía tan mal que no podía salir de casa, esperaba a Kolia con impaciencia. Las menores bagatelas, las historias más insignificantes me apasionaban a tal extremo que creo haber llegado hasta a ser chismoso. No comprendía, por ejemplo, cómo esos hombres que tienen ante sí tanta vida no se apresuran a enriquecerse, cosa que, por lo demás, tampoco comprendo ahora. Yo conocía a un pobre hombre que, según supe después, ha acabado muriendo de hambre, y recuerdo que tal noticia me puso fuera de mí. De haber podido resucitar a ese desgraciado, creo que yo habría sido capaz de darle muerte. A veces he tenido mejoría de semanas enteras, y entonces hubiera podido salir de mi habitación; pero la calle me exasperaba y permanecía encerrado días y días, aunque hubiese podido salir como todos. Me era insufrible la multitud agitada, atareada, triste, llena de preocupaciones, que se cruzaba conmigo en las aceras. ¿A qué se debe la eterna melancolía de esa gente, su continua agitación, esa sombría ira de todos sus instantes? Porque están furiosos, furiosos… ¿Quién tiene la culpa de que sean desgraciados y no sepan vivir cuando les espera una perspectiva de sesenta años de vida? ¿Por qué Zarnitzin se ha dejado morir de hambre teniendo sesenta años de vida ante él? Y todos exhiben sus harapos, sus manos callosas y exclaman: «Trabajamos como bueyes, sufrimos, estamos hambrientos como perros. Otros, en cambio, no trabajan, no sufren y son ricos». ¡Lo de siempre! Al lado de esa gente recorre las aceras de mañana a noche un desgraciado azotacalles, hombre de «noble cuna», que trabaja como recadero, Ivan Fomich Surikov, que vive en nuestra casa, encima de nosotros. Todo el día anda yendo y viniendo, con los codos rotos y los botones colgando… Si se le habla cuenta que es pobre, mísero, mendigo; que su esposa falleció porque él no tenía para comprarle medicamentos; que su hijo menor murió, helado de frío, este invierno; que su hija mayor es una entretenida… Y así se pasa la vida gimiendo y quejándose. Pero declaro con orgullo que ni antes ni ahora he tenido compasión de tales imbéciles. ¿Por qué no es un Rothschild, con muchos millones, montañas de relucientes imperiales y de napoleones de oro? Puesto que vive, todo está en su mano. ¿Quién tiene la culpa de que él no lo comprenda?


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker