El idiota

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Atanasio Ivanovich poseía entonces una de las más ricas propiedades de cierta provincia del centro de Rusia. Su más cercano vecino, dueño de una pequeña y pobre finca, se distinguía por su notoria y continua mala fortuna. Era un oficial retirado, de buena familia —mejor, en realidad, que la del propio Totsky— y se llamaba Felipe Alejandrovich Barachkov. Agobiado de deudas e hipotecas, logró, tras trabajar rudamente casi como un labriego, poner sus fincas un poco en orden. El más pequeño éxito le infundía inmensa confianza. Radiante de entusiasmo se dirigió, pues, a la pequeña población cabeza de distrito para intentar un arreglo con uno de sus principales acreedores. Llevaba dos días en la población cuando el estarosta de su aldea llegó a rienda suelta, con la barba abrasada y el rostro lleno de quemaduras, y le informó de que el lugar había ardido la víspera a mediodía y que «la barina había tenido el honor de perecer, pero las niñas estaban sanas y salvas». El golpe fue excesivo para Barachkov, por acostumbrado que se hallase a los embates de la mala suerte. Volvióse loco y murió un mes más tarde en pleno delirio. Su arruinada propiedad, con sus andrajosos campesinos, fueron vendidos para pagar sus deudas. En cuanto a sus hijas —dos niñas de seis y siete años respectivamente— fueron atendidas gracias al generoso corazón de Atanasio Ivanovich, quien las hizo educar en compañía de las de su mayordomo, un alemán, antiguo empleado público y padre de numerosa familia. La niña menor murió de tos ferina y sólo quedó con vida la pequeña Nastasia. Totsky vivía entonces en el extranjero y no tardó en olvidar hasta la existencia de la pequeña. Pero cinco años después ocurriósele ir a inspeccionar sus propiedades y vio en casa de su mayordomo una encantadora muchachita de doce años, inteligente, retozona, dulce y prometedora de una gran belleza. En tal sentido, Atanasio Ivanovich era un gran conocedor. Aunque sólo pasó unos días en la finca, adoptó disposiciones tendentes a producir un gran cambio en la educación de la niña, que fue confiada a una respetable y culta institutriz suiza, de bastante edad, muy experta en su profesión y que durante los cuatro años que dedicó a su alumna, le enseñó, francés y las diversas cosas necesarias a una señorita.


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