El idiota
El idiota »Franqueó el umbral, cerró la puerta y me miró en silencio. Luego se encaminó, sin ruido, hacia una silla situada en un rincón, bajo la lámpara. Yo le miré, extrañado y suspenso. Rogochin se acodó en la mesita y me contempló sin pronunciar una palabra. Asà transcurrieron dos o tres minutos y recuerdo que el silencio del visitante me desagradó vivamente. ¿Por qué no hablaba? A mà me parecÃa raro que se presentase allà tan tarde, pero si he de decir la verdad no me sentÃa extraordinariamente sorprendido. Al contrario, por la mañana yo no le habÃa revelado mi idea, pero me constaba que él la supo comprender con medias palabras, y desde luego era de tal naturaleza que podÃa justificar el que Rogochin me visitase para hablar de ella, incluso tan a deshora. Pensé, pues, que habÃa acudido por eso. Por la mañana nos habÃamos separado muy poco amistosamente. Él me miró incluso por dos veces con aspecto de viva burla. Ahora yo advertÃa en su mirada la misma expresión burlona y me sentÃa herido. En cuanto al hecho de que la figura que veÃa era Rogochin en persona y no una imagen engendrada por el delirio, no tenÃa la menor duda de ello. Él no se movÃa de su sitio, contemplándome con la misma mirada sarcástica. Furioso, me volvà en la cama, acodándome sobre el almohadón, resuelto a callar también aunque la situación se prolongase indefinidamente. Estaba decidido a no hablar el primero. Debieron de transcurrir asà unos veinte minutos. De pronto se me ocurrió una idea. ¿Y si no fuese Rogochin, sino una aparición?