El idiota

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»Yo no he visto una aparición jamás, ni estando enfermo ni estando sano; pero en mi infancia e incluso recientemente, he creído que, pese a mi absoluto escepticismo respecto a las apariciones, me moriría de terror si viese una. Y, con todo, no me aterré al pensar que lo que veía pudiese ser un espectro y no Rogochin. Diré más: esa posibilidad no produjo otro efecto sino el de irritarme. Y aún se dio otra particularidad extraña, y fue que la cuestión de si mi visitante era un fantasma o un ser de carne y hueso me dejó mucho más indiferente de lo que pudiera creerse. Incluso pensé en otras cosas según creo. Me preocupaba, por ejemplo, el que Rogochin, a quien yo había visto antes en traje de casa y pantuflas, llevase ahora frac, corbata y chaleco blanco. Además me preguntaba: «Si es una aparición y no la temes, ¿por qué no te levantas para comprobar que lo es?». Acaso, en realidad, fuese el temor lo que me lo impedía. Pero apenas se me ocurrió tal idea, sentí que me temblaban las rodillas y que un frío glacial me recorría la espalda. En aquel momento, Rogochin, como si advirtiera mi terror, apartó la mano en que apoyaba la cabeza, se irguió, miróme fijamente y abrió la boca como si fuese a reír. En mi furia, sentí el deseo de arrojarme sobre él; pero, como me había jurado no ser el primero en hablar, me quedé donde estaba. Además continuaba preguntándome interiormente si sería Rogochin o una sombra lo que tenía ante mi vista. No puedo decir cuánto duró esto. Ni siquiera recuerdo si me dormí entonces algún rato. Al cabo, Rogochin se levantó, me contempló larga y atentamente, como hiciera desde su entrada, aunque esta vez sin sonreír, y luego se dirigió lentamente a la puerta, abrióla y salió, cerrándola tras sí. No me levanté; tampoco podría decir cuánto tiempo seguí acostado, con los ojos abiertos, pensando Dios sabe en qué… Tampoco sé cómo me dormí. Por la mañana, después de las nueve, desperté al oír llamar a la puerta. Es norma en casa que, si yo no he pedido el té antes, Matrena llame en mi puerta a las nueve. Cuando abrí, me hice la siguiente reflexión: «¿Cómo pudo entrar Rogochin, estando la puerta cerrada?». Pregunté y adquirí la convicción de que era imposible que Rogochin hubiese entrado en casa, ya que todas las puertas se cierran con llave.


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