El idiota
El idiota —Yo no puedo sacrificarme, aunque lo haya querido antes… y quizá lo quiera aún. Si la dejo es porque sé positivamente que conmigo estarÃa perdida. DebÃa de haberla visitado hoy a las siete, pero ahora es posible que no vaya. Ella, en su orgullo, no me perdonará nunca mi amor… y los dos no conseguirÃamos sino ser desgraciados ambos. Cierto que no es cosa natural, pero en este asunto todo es contrario a la naturaleza. Dice usted que ella ama, pero ¿acaso eso es amor? ¿Puede hablarse de amor después de lo que ha sufrido? No; aquà hay una cosa distinta al amor.
—¡Qué pálido está usted! —comentó Aglaya con inquietud.
—No tiene importancia. He dormido poco y me siento débil. Es…, es verdad que los dos hemos hablado de usted, Aglaya.
—¿SÃ? ¿Es posible que le hablase de mÃ? ¿Y cómo podÃa usted amarme cuando sólo me habÃa visto una vez?
—No sé cómo. En las tinieblas en que yo me hallaba entonces soñé… o creà ver levantarse una aurora nueva. No puedo explicarme cómo empecé a pensar en usted al principio. No he mentido al escribirle que no lo sabÃa. Todo ello no era sino un sueño en medio de circunstancias penosas. Luego estuve ocupado… Yo no contaba volver aquà hasta dentro de tres años.