El idiota
El idiota —No se lo impida, se lo ruego —impetró Michkin—. ¿Qué le va usted a hacer? ¿No ve que está loca? Haré todo lo posible por mi parte para que no vuelva a escribirle.
—Entonces es usted un hombre sin corazón —exclamó violentamente Aglaya—. ¿No ve que no es a mà a quien ella quiere, sino a usted? ¿Es posible que usted, que la ha estudiado tan bien, no lo haya comprendido? ¿Sabe usted lo que denotan estas cartas? ¡Celos! ¿Cree usted que se casará con Rogochin, como dice aqu� ¡Se matará la mañana de nuestra boda!
El prÃncipe se estremeció. La sangre se heló en su corazón. Miró a Aglaya con sorpresa, asombrado al descubrir una mujer en aquella niña.
—Dios es testigo, Aglaya, de que yo darÃa mi vida para asegurar el reposo y la tranquilidad de esa mujer. Pero no puedo volver a amarla, y ella lo sabe.
—Pues sacrifÃquese usted. ¡Muy propio de su carácter! ¡Un filántropo asÃ! Y no vuelva a decirme «Aglaya» a secas. Antes lo ha dicho también[14]… Debe volver con ella, volverla a la vida, devolver la calma y la tranquilidad a su corazón. ¡Y además la ama!