El idiota
El idiota —Rogochin, ayer; pero sin explicarme claramente.
—¿Ayer? ¿Por la mañana? ¿O a qué hora? ¿Antes de la escena del concierto o después?
—Después: hacia las once de la noche.
—Ya: si fue Rogochin… ¿No sabe de qué me habla esa mujer en sus cartas?
—No me sorprenderá, sea lo que sea. Está loca.
—Aquà están —dijo Aglaya, sacando tres cartas cada una en un sobre diferente y mostrándoselas al prÃncipe—. Desde hace ocho dÃas me pide con encarecimiento que me case con usted. Esa mujer… SÃ, es inteligente, aunque loca. Tiene usted razón al creerla más inteligente que yo. Me dice que me quiere mucho, que a diario busca ocasión de verme, aunque sólo sea de lejos. También asegura que usted me ama, que lo ha notado hace mucho tiempo, que cuando vivÃan juntos usted le hablaba mucho de mÃ. Quiere verle feliz y está segura de que yo puedo darle la felicidad. ¡Son unas cartas tan raras! No las he enseñado a nadie; esperaba a hablar con usted. ¿Sabe lo que significan? ¿Lo ha adivinado?
—Significan la locura y prueban que está loca —dijo Michkin, cuyos labios comenzaron a temblar.
—¿Llora usted?
—No, Aglaya, no lloro —contestó él, mirando a la joven.
—¿Qué hago? ¿Qué me aconseja? No puedo seguir recibiendo esas cartas.