El idiota
El idiota —¿SolÃa usted dirigirle sermones por el estilo de éste?
Michkin no advirtió el acento burlón de la pregunta.
—No —repuso con melancolÃa—. Generalmente, guardaba silencio. A menudo hubiese querido hablarle, pero realmente no sabÃa qué decirle. Ya ve usted que en ciertos casos vale más callar. La he amado, la he amado mucho… pero luego… luego… creo que ella adivinó…
—¿Qué adivinó?
—Que yo la compadecÃa, pero ya no la amaba.
—¿Qué sabe usted? Acaso ella estuviera enamorada de ese propietario con quien…
—No; lo sé todo. No hacÃa más que burlarse de él.
—¿Y de usted no?
—No. ReÃa sarcásticamente, me colmaba de violentos reproches cuando se enfadaba… y sufrÃa. Pero después…, ¡oh, no me haga recordarlo!
Y Michkin escondió el rostro entre las manos.
—¿Sabe usted que me escribe todos los dÃas?
—¿De modo que es verdad? —exclamó el prÃncipe, aterrado—. Me lo habÃan dicho, pero yo no querÃa creerlo.
—¿Quién se lo ha dicho? —preguntó Aglaya con sobresalto.