El idiota
El idiota Otra circunstancia influyó en su determinación. Hacíase difícil imaginar cuán poco se parecía físicamente esta Nastasia Filipovna a la que él conociera. Antes era sólo una muchacha bonita, pero ahora… Totsky se reprochaba no haber sabido durante cuatro años leer en su rostro. Mucho de su aspecto de ahora se debía sí, a su cambio; mas él, por otra parte, recordaba que ya en ciertos momentos habíanle asaltado extrañas ideas mirando los ojos de la joven. Aparecía en ellos, en cierto modo, una oscuridad profunda y misteriosa, como la proposición de un enigma. Durante los dos años últimos le había extrañado a menudo el cambio que se operaba en el rostro de Nastasia Filipovna, el cual se volvía poco a poco más pálido, y, por extraño que pareciera, más bello en su palidez. Totsky, como todos los vividores, consideraba hasta entonces con desprecio lo barato que le había costado el conseguir aquella alma virginal; pero últimamente este sentimiento perdía firmeza. La primavera anterior había pensado en que acaso conviniese dar una buena dote a Nastasia Filipovna a fin de casarla con algún sujeto inteligente y correcto que sirviese en alguna otra provincia. (¡Oh, qué horrible y maliciosamente la nueva Nastasia Filipovna se burlaba ahora de la idea!). Pero al presente, Atanasio Ivanovich, fascinado por la novedad de aquella mujer, pensaba que podía serle útil aún. Decidió, pues, instalarla en San Petersburgo y rodearla de lujos y comodidades. Con ella aun podía satisfacer su vanidad y ganar cierta reputación —que Atanasio Ivanovich estimaba mucho— en determinados círculos.