El idiota
El idiota Atanasio Ivanovich, hombre entonces de cincuenta años, tenÃa un carácter concreto y unas costumbres formadas. Su posición en el mundo y en la sociedad estaba asentada desde hacÃa largo tiempo sobre cimientos seguros. No amaba ni apreciaba otra cosa que su propia persona, su paz y su comodidad por encima de todo en el mundo, como corresponde a un hombre de alta educación. Ningún elemento destructivo ni dudoso podÃa ser admitido en aquel espléndido edificio de su vida. Por otra parte, su experiencia y perspicacia le hicieron ver en seguida claramente que tenÃa que vérselas con una persona fuera de lo ordinario, una persona que no sólo amenazarÃa, sino que obrarÃa, sin que nada la detuviera, en virtud de que nada amaba en la vida ni nada la tentaba. Evidentemente hallábanse en ella sÃntomas de una febril agitación mental y espiritual, una especie de indignación romántica —¡Dios sabÃa por qué y contra quién!—, un insaciable y exagerado sentimiento de desprecio que rebasaba toda medida. Algo, en resumen, muy ridÃculo e inadmisible entre la buena sociedad y bastante para incomodar gravemente a un hombre bien educado. Desde luego, la riqueza e influencia de Totsky le permitÃan desembarazarse de aquel estorbo mediante cualquier perdonable maniobra un tanto pÃcara. En otro sentido, el legal, por ejemplo, era palmario que Nastasia Filipovna no podÃa causarle apenas perjuicio. Ni aun le podrÃa dar un escándalo de bulto, puesto que serÃa fácil ahogarlo. Mas todo esto era aplicable al caso de que Nastasia Filipovna se comportara como suelen comportarse en tales casos las demás personas, sin salirse gran cosa del cauce habitual. Y esta consideración no podÃa tranquilizar a un espÃritu tan sagaz como el de Atanasio Ivanovich, quien habÃa podido ver muy bien en los ojos relampagueantes de la joven que ella se daba buena cuenta de su impotencia en el terreno jurÃdico y acariciaba en su mente un proyecto diverso. Como no concedÃa importancia a nada, y a sà misma menos que a nada (y habÃa falta mucha inteligencia y perspicacia para que un cÃnico mundano como Totsky hubiese adivinado entonces que ella no se cuidaba de sà misma, y además para creer en la sinceridad de tal sentimiento), Nastasia Filipovna, con tal de satisfacer su odio, con tal de humillar al hombre por quien sentÃa tan extraordinaria aversión, era capaz de afrontar la ruina de su vida, la prisión y el destierro en Siberia. Totsky no solÃa ocultar el hecho de que era cobarde, o más bien de que poseÃa en grado extremo el instinto conservador. Si hubiese sabido que se iba a atentar, por ejemplo, contra su vida en medio de la ceremonia nupcial, o a golpearle en público, o cosa por el estilo, igualmente inaudita, ridÃcula e intolerable en sociedad, se habrÃa sentido alarmado, sin duda, pero no tanto de resultar muerto, afrentado o herido, como de la forma vulgar e ilógica de la ofensa. Y con una cosa asà era con lo que Nastasia Filipovna amenazaba, aunque no lo dijese. Totsky comprendió que ella le habÃa estudiado, que conocÃa su carácter y que sabÃa cuál era el mejor modo de herirle. Y como el matrimonio de que se hablaba era un mero proyecto, Atanasio Ivanovich desistió de él.