El idiota

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—Claro que sí. Me da risa. ¡Hacer eso el general! Antes hemos ido juntos a buscar a Ferdychenko. Y debo decirle que el general quedó tan impresionado como yo cuando le desperté al observar la desaparición de mi cartera. Le vi cambiar de expresión, ruborizarse, palidecer, y al fin manifestar una noble indignación cuya violencia me dejó asombrado. ¡Ese hombre rebosa nobleza! Miente sin cesar, a pesar suyo, pero está dotado de los más elevados sentimientos y, además, es tan poco inteligente que su inocencia salta a la vista. Le repito, respetado príncipe, que no sólo tengo cierta debilidad por él, sino incluso cariño. Figúrese que se para en medio de la calle y, desabrochándose la levita, se descubre el pecho y me dice: «Regístrame. Puesto que has registrado a Keller, la justicia exige que me registres a mí». Sus miembros temblaban y su rostro tenía una palidez espantosa. «Escucha, general —le contesté, riendo—, si otro me dijera eso de ti, con mis propias manos me cortaría la cabeza y la pondría en una bandeja para presentarla a todos los desconfiados, diciéndoles: “¿Veis esta cabeza? Pues bien, respondo con ella del general”». Al oír estas palabras se deshizo en lágrimas, me abrazó, todo ello en plena calle, y me estrechó contra su pecho casi hasta ahogarme. «Eres el único amigo que me queda en mi desgracia», dijo. Es hombre muy sensible. Por el camino, desde luego, me contó una anécdota adecuada a las circunstancias, diciéndome que en su juventud había sido objeto de sospechas con motivo de un robo de quinientos mil rublos. Al día siguiente se declaró un incendio en casa del conde que sospechaba de él, y él salvó del fuego al conde y a su hija, Nina Alejandrovna, entonces joven y soltera. Y de ese modo acabó casándose con Nina Alejandrovna. Veinticuatro horas después, se descubrió entre los escombros de la casa incendiada la caja de acero, de fabricación inglesa, que contenía los quinientos mil rublos. La caja se había deslizado a través del suelo sin que nadie lo notase y, de no ser por el incendio, aún permanecería allí. No hay una sola palabra de verdad en toda la historia; pero el caso es que hablando de Nina Alejandrovna, el general se puso a lloriquear. Y Nina Alejandrovna es señora muy estimable, a pesar de que no me mire con buenos ojos.


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