El idiota
El idiota —Recuerdo un personaje de comedia que hace la misma pregunta. Pero observo, bondadoso prÃncipe, que toma usted la desgracia demasiado a pecho. No vale la pena. Quiero decir que no valdrÃa la pena si sólo se tratase de mÃ. Pero ¿tiene usted también compasión del culpable, de ese tan poco interesante señor Ferdychenko?
—SÃ, sÃ. La verdad es que me ha disgustado usted —repuso Michkin, descontento—. ¿Qué piensa hacer… si está persuadido de que el culpable es Ferdychenko?
—¿Quién podrÃa ser si no, estimado prÃncipe? —contestó Lebediev, cada vez más untuoso—. No se puede sospechar de otra persona, y esa imposibilidad absoluta constituye, por decirlo asÃ, un tercer cargo o prueba contra Ferdychenko. Porque, lo repito, de no ser él, ¿quién pudo ser? A menos que sospechásemos de Burdovsky. ¡Je, je, je!
—Es absurdo.
—O del general. ¡Ja, ja, ja!
—¡Qué ocurrencia! —dijo Michkin, irritado, moviéndose con desasosiego en el diván.