El idiota
El idiota —Segunda prueba: la pista resulta falsa e inexacta la dirección. Una hora después, a las ocho, he ido a llamar a casa de Vilkin. Vive en la calle Quinta; le conozco. No ha visto a Ferdychenko ni por asomo. En realidad, la criada, que es sorda y apenas me entendÃa, me ha informado, bien o mal, de que una hora antes estuvieron llamando a la puerta, y con tanta fuerza que rompieron el cordón de la campanilla. Pero la criada no abrió, por no despertar al señor Vilkin, y acaso por no abandonar ella la cama. Esto es.
—¿Y esas son sus pruebas? No tiene usted ninguna.
—Entonces, prÃncipe, ¿de quién puedo sospechar? —dijo Lebediev, confidencial, con una sonrisa astuta en los labios.
Michkin, perplejo, reflexionó durante algunos minutos, y dijo:
—Debe usted buscar mejor en los cajones y armarios.
—¡Lo he mirado todo! —gimió Lebediev.
—Hum… ¿por qué se quitó la levita? —exclamó Michkin, airado, descargando un puñetazo en la mesa.