El idiota
El idiota —No lo sabe, porque hasta ahora he conservado el secreto. Así, pues, Ferdychenko se va a casa de Vilkin, lo que a primera vista no tiene nada de extraño. ¿Qué hay de particular en que un beodo busque a uno de sus congéneres aunque sea a primera hora de la mañana? Pero ya aquí se insinúa una pista: al marcharse, deja su dirección. ¿Por qué va adrede a buscar a Nicolás Ardalionovich, que estaba en la otra casa, y le dice que se propone terminar la noche con Vilkin? ¿Qué interés puede tener para nadie saber que Ferdychenko va a dirigirse a casa de Vilkin? ¿A qué viene noticia semejante? En esto hay una astucia, una astucia de ladrón. Da a entender que, puesto que dice dónde se marcha, ¿cómo acusarle de robo? ¿Diría un ratero adónde se va? En resumen, eso parece un exceso de precaución, un modo de alejar las sospechas, de borrar sus huellas en la arena. ¿Me comprende, querido príncipe?
—Le comprendo muy bien; pero en todo esto no hay nada acreditativo.