El idiota
El idiota —¡PrÃncipe, respetado prÃncipe! No dinero, sino incluso la vida darÃa yo por ese hombre… No quiero exagerar: no darÃa la vida, pero sà consentirÃa en padecer una fiebre, un ataque o un reuma si ello fuese absolutamente necesario para su bien, porque le considero un gran hombre, aunque caÃdo. ¡No sólo dinero: cualquier cosa le darÃa!
—Entonces, ¿se lo da?
—No… No se lo he dado; pero él sabe bien que lo hago por su bien, por su propio interés. Ahora va a acompañarme a San Petersburgo, donde sé positivamente que se halla Ferdychenko. Esta persecución apasiona al general, pero estoy convencido de que en cuanto lleguemos correrá en busca de su amada… Por mi parte procuraré no retenerle. Para estar más seguros de atrapar a Ferdychenko, hemos convenido que nos separemos al llegar a la ciudad y cada uno la recorrerá por un lado. Dejaré, pues, partir a Su Excelencia, y en seguida iré a buscarle a casa de su amante a fin de afearle la conducta que observa tanto como padre de familia cuanto como hombre en general…
—¡No arme escándalos, por amor de Dios, Lebediev! —dijo Michkin, con inquietud.