El idiota
El idiota Cuando Totsky, discretamente, se confió a él pidiéndole un consejo de amigo respecto a declararse a una de sus hijas, le hizo una noble y sincera confesión general. Declaróle que estaba dispuesto a no retroceder ante medio alguno para recuperar su libertad; que no se sentiría tranquilo ni aun si Nastasia Filipovna le ofreciese dejarle tranquilo en el porvenir, y que, como las palabras significaban poco, él deseaba garantías positivas. Hablaron largamente y determinaron obrar de concierto. Se resolvió primero apelar a las buenas y tocar, por así decirlo, «las cuerdas más nobles del corazón» de Nastasia Filipovna. Fueron juntos a verla y Totsky le expuso la miseria moral de su situación. Achacóse todas las culpas y añadió que no podía arrepentirse de lo hecho porque era un desenfrenado epicúreo y no sabía dominarse; pero que ahora, deseando contraer un matrimonio honroso, todo dependía de ella y en ella ponía todas sus esperanzas. El general Epanchin, en su calidad de padre de la futura desposada, comenzó a hablar y habló razonablemente, evitando todo sentimentalismo, y limitándose a decir que reconocía el derecho de Nastasia Filipovna a resolver sobre el porvenir de Totsky. Luego, adoptando inteligentemente un aire de humildad, declaró que la suerte de una de sus hijas, y acaso la de las otras dos, dependía de la resolución de Nastasia Filipovna.