El idiota
El idiota Ésta les preguntó qué deseaban de ella y Totsky respondió con la franqueza que mostrara desde el principio de la conversación. Nastasia Filipovna habíale asustado de modo tal cinco años antes, que ahora nunca se sentiría completamente seguro de su actitud mientras ella no se casase. Apresuróse a añadir que semejante propuesta sería absurda de su parte a no tener algún fundamento en que apoyarla. Pero había observado y le constaba que un joven bien nacido y de distinguida familia, Gabriel Ardalionovich Ivolguin, a quien ella acogía con gusto en su casa, la amaba apasionadamente y daría con gusto la mitad de su vida sólo por la esperanza de conseguir su afecto. Gabriel Ardalionovich le había confiado su amor a él largo tiempo atrás, en el secreto de la amistad y con toda la sencillez de su puro corazón juvenil, e Ivan Fedorovich, protector del joven, conocía ese amor también. Finalmente, Totsky añadió que si él no estaba equivocado, Nastasia Filipovna debía, desde tiempo atrás, haber reparado en la pasión del joven y hasta no parecía mirarle con malos ojos. Desde luego, agregó Totsky, hablar de semejante cosa le era muy duro, más que a nadie; pero si Nastasia Filipovna creía que él albergaba al menos algún buen deseo hacia ella, además de pensar en su propio y egoísta interés, debía comprender que no la veía sin disgusto llevar una existencia solitaria, únicamente debida a su indefinible depresión y a su creencia de que no le era posible comenzar una nueva vida que podía hacerla conocer las nuevas satisfacciones del amor conyugal. Destruir sistemáticamente capacidades que acaso fuesen de las más brillantes, a cambio de entregarse a un sombrío pensar en la ofensa sufrida, constituía, en verdad, una especie de sentimentalismo indigno del buen sentido y el noble corazón de Nastasia Filipovna. Siempre repitiendo que le era más duro que a nadie hablar de aquel tema, acabó declarando su confianza en que ella no le contestase con el desprecio si, con el sincero deseo de asegurar su porvenir, le ofrecía una suma de setenta y cinco mil rublos. Añadió, como explicación, que, de todos modos, tal suma le estaba ya asignada a la joven en su testamento y que no se trataba de compensación alguna… Aunque, después de todo, ¿por qué no reconocer y admitir y perdonar en él un muy humano deseo de tranquilizar algo su conciencia? Y así continuó discurriendo, y alegando cuanto se suele en análogas circunstancias. Atanasio Ivanovich habló mucho y con elocuencia. De paso deslizó la interesante noticia de que nadie, ni aun Ivan Fedorovich, allí presente, conocía lo de las setenta y cinco mil rublos.