El idiota

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—Maman no se siente bien y Aglaya tampoco. Adelaida se ha ido a acostar y yo voy a hacer lo mismo. Hemos pasado la velada solas. Papá y el príncipe están en San Petersburgo.

—He tenido… he venido… porque…

—¿Sabe qué hora es?

—No.

—Las doce y media. A esta hora siempre solemos estar acostados. —¡Ah! Yo creía que… eran las nueve y media…

Alejandra estalló en risas.

—¡Tiene gracia! Pero ¿por qué no ha venido antes? Podíamos haber estado aguardándole y…

—Yo creía… —balbució él, iniciando la marcha.

—Hasta la vista. ¡Lo que van a reírse todos mañana cuando cuente esto!

Michkin volvió a su casa siguiendo el camino que bordeaba el parque. Sus ideas estaban trastornadas, el corazón le latía violentamente, todas las casas asumían, en torno suyo, aspectos fantásticos. De pronto se ofreció a sus ojos la visión que por dos veces se le apareciera en sueños. La misma mujer salió del parque, y se detuvo en el camino ante Michkin. Se dijera que le esperaba. Él, tembloroso, interrumpió su marcha, y ella, asiéndole la mano, se la estrechó con fuerza. «No —pensó Michkin—, ésta no es una aparición».


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