El idiota
El idiota Idénticas expresiones delirantes aparecían en otros párrafos de las cartas. La segunda de ellas, muy clara, cubría dos pliegos de papel de tamaño doble, llenos de una letra muy fina.
Michkin salió del parque después de haber errado largo rato por él, como la víspera. La noche, clara y transparente, le pareció aún más clara que de costumbre. «¿Es posible que sea tan temprano?». Se había olvidado de sacar el reloj. Percibió los sonidos de una música lejana. «Está tocando la banda. Ellas no deben de haber acudido hoy al concierto». Mientras formulaba ese pensamiento se dio cuenta de que se hallaba muy cerca de la casa del general Epanchin. Sabía de antemano que acabaría dirigiéndose a ella. Entonces subió a la terraza. Le desfallecía el corazón. No había nadie. Aguardó un momento y luego abrió la puerta de la sala. «Nunca cierran esta puerta», pensó. La sala estaba vacía y obscura. De pronto se abrió otra puerta y entró Alejandra Ivanovna, con una bujía en la mano. Al distinguir al visitante, la joven se detuvo y le miró, sorprendida. Era notorio que atravesaba la habitación para dirigirse a otra y no esperaba hallar a nadie en aquel lugar.
—¿Cómo es que está usted aquí? —preguntó al fin.
—Pasaba junto a la puerta… y he entrado.