El idiota
El idiota —¿Por qué quiero unirlos a los dos? ¿Por usted o por mÃ? Por mÃ, desde luego. Todas mis dificultades quedarÃan resueltas asÃ; hace tiempo que lo he pensado… Sé que hace meses su hermana Adelaida, viendo mi retrato, dijo que una belleza tal podÃa revolucionar el mundo. Pero he renunciado al mundo. Le parecerá absurdo que escriba tales palabras… yo, a quien siempre ha visto cubierta de encajes y diamantes, rodeada de una reunión de truhanes y beodos. No pongo atención en eso. Yo no existo ya, y lo sé. ¡Dios sabe quién habita mi cuerpo en vez de mi verdadera personalidad! Y leo esa certeza en la mirada de dos ojos, de dos ojos terribles que me espÃan sin cesar incluso cuando el semblante a que pertenecen no se halla ante mÃ. En este momento esos ojos callan (¡callan siempre!), pero yo conozco su decreto. La casa de ese hombre es sombrÃa, lúgubre y encierra un misterio entre sus muros. Estoy segura de que él guarda en alguna parte una navaja de afeitar envuelta en seda como ese célebre asesino de Moscú, que también vivÃa con su madre y habÃa envuelto en seda una navaja de afeitar con la que se proponÃa degollar a unas personas. Siempre que estoy en casa de este hombre pienso que debajo del pavimento debe de haber un cadáver, acaso escondido allà por su padre, como en el caso del asesino de Moscú, me figuro que ese cadáver debe estar envuelto en un hule y, también, rodeado de frascos de lÃquido «Chadanov»… ¡Casi podrÃa mostrarle el lugar en que yace el cadáver! Este hombre no dice nada, pero sé que dado lo que me ama, es imprescindible que me odie. El casamiento de usted y el nuestro se celebrarán a la vez. Asà lo hemos convenido él y yo. No tengo secretos para él, pero con gusto le matarÃa. ¡Me inspira tanto temor! Pero antes me habrá matado él. Hace poco, hablándole asÃ, se ha puesto a reÃr y me ha dicho que yo deliraba. Sabe que le escribo…