El idiota
El idiota Gabriel Ardalionovich había dado los primeros pasos en este camino, pero aún no había hecho más que comenzar y le quedaban, pues, en la vida, largos años de cometer necedades. Una profunda y continua conciencia de su falta de talento y a la vez un devorador deseo de probarse a sí mismo que era hombre de gran independencia moral, se debatían en su corazón casi desde la niñez. Era un joven de violentos impulsos, que parecía haber nacido ya con los nervios en tensión. Tomaba la violencia de sus deseos por fuerza de voluntad. Su inmoderado afán de distinguirse le había conducido a veces al borde de las más locas acciones, pero siempre, en el último momento, nuestro hombre se encontraba lo bastante sensato para no realizarlas. Esto le colmaba de desesperación. Muchas veces, con tal de obtener lo que soñaba, habríase lanzado a cualquier acto por vil que fuera; pero parecía ser su destino que en el momento final se reconociese harto honrado para cometer una gran bajeza. No así respecto a las pequeñas, a las que siempre se sentía dispuesto. La pobreza en que había caído su familia le humillaba e irritaba. Trataba a su madre con desprecio, a pesar de que sabía que siempre podría facilitarle mucho su ulterior carrera el respeto de que gozaba en todas partes Nina Alejandrovna. Al comenzar a trabajar con el general Epanchin, se había dicho: «Puesto que hay que ser vil, seámoslo hasta el final, siempre que nos dé provecho». No sabemos por qué presumía la necesidad de ser vil. Y, además, no lo era casi nunca. Aglaya le asustó al principio, pero no por ello prescindió de considerarla como una posibilidad, si bien nunca creyó seriamente que ella acabase descendiendo a ser suya. Después, cuando surgió el asunto de Nastasia Filipovna, Gabriel Ardalionovich imaginó repentinamente que el dinero era el medio de conseguirlo todo. Y se repetía a diario, una y otra vez con presuntuosa seguridad, no exenta de cierto temor: «Puesto que hay que ser bajos, seámoslo de una vez. La gente vulgar vacila, pero yo no».