El idiota

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Precisamente volvía de casa de ellas aquella mañana en que, como dijimos, se encontraba de un humor bastante sombrío. En su abatimiento no faltaba un atisbo de amarga ironía. Ptitzin tenía en Pavlovsk una casa de madera, fea, pero amplia, que se erguía en una calle polvorienta. Aquel edificio debía pasar en breve a ser propiedad suya y ya proyectaba venderlo. Cuando subía la escalera, Bárbara Ardalionovna oyó, gran estrépito en el piso superior. Reconoció las voces exaltadas de su padre y su madre. Al entrar en la sala distinguió a su hermano, que recorría el aposento a grandes zancadas, pálido de ira y, al parecer, a punto de mesarse los cabellos.

Varia arrugó el entrecejo y, sin quitarse ni siquiera el sombrero, se dejó caer lánguidamente en un diván. Comprendiendo que si no preguntaba a su hermano las causas de su irritación, le enojaría más aún, se apresuró a inquirir:

—¿La historia de siempre?

—¿Qué dices? —exclamó Gania—. ¡La de siempre! No, hoy no es la de siempre. ¡El diablo sabe lo que pasa! El viejo está exasperado, mamá deshecha en lágrimas… ¡Palabra, Varia, que voy a echar a ese hombre, digas lo que quieras… o a marcharme yo! —añadió, recordando quizá que no le era posible arrojar a una persona de una casa que no le pertenecía.

—Hay que ser indulgente —murmuró Varia.


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