El idiota
El idiota —En ese sentido no es peligroso —contestó Gania con sarcástica risa—. Creo que te engañas. No niego que se haya enamorado, puesto que es un chiquillo. Pero no me parece que haya dirigido anónimos a la vieja. ¡Es un mediocre tan rencoroso, una nulidad tan pagada de sà misma! Estoy seguro que me ha presentado ante Aglaya como un intrigante. Reconozco que al principio obré como un necio y dejé escapar algunas palabras de más al hablar con él, pensando que, aun cuando sólo fuese por rencor contra el prÃncipe, servirÃa mis intereses. ¡Cómo es un tipo tan falso! ¡Ahora le conozco bien! Y respecto al robo, puede haberlo sabido por su madre. Si el viejo ha hecho eso, ha sido por ella. Hipólito, a quemarropa y sin rodeos, me dijo que el general habÃa prometido cuatrocientos rublos a su madre. Entonces lo comprendà todo. Al darme ese informe me miraba a los ojos, rebosando satisfacción en todo su aspecto. Es seguro que se lo ha dicho a mamá, por el mero placer de disgustarla. ¿Y por qué no se morirá de una vez? Se habÃa comprometido a morir en un plazo de tres semanas, y, por el contrario, ha engordado desde que está aquÃ. Ya no tose. Él mismo ha dicho ayer que llevaba veinticuatro horas sin escupir sangre.
—Échale a la calle.