El idiota
El idiota —Señor —gritó con voz tonante—, si es cierto que ha resuelto usted sacrificar en favor de un boquirrubio y un ateo a un anciano respetable, padre de usted o al menos de su mujer, a un hombre que ha servido a su emperador, estoy resuelto a abandonar esta casa inmediatamente. Elija, señor, elija inmediatamente: o yo, o este… tornillo… ¡SÃ: tornillo! Lo he dicho sin pensarlo, pero es verdad, porque se hunde en mi alma como un tornillo, lacerándola sin el menor respeto.
—¿No querrá usted decir como un sacacorchos? —sugirió Hipólito.
—No: un tornillo; porque yo para ti soy un general y no una botella. Yo poseo condecoraciones, distinciones honorÃficas, y tú no tienes ninguna. ¡O él o yo! ¡Elija, señor, y pronto! —añadió furiosamente dirigiéndose a Ptitzin.
Kolia acercó una silla a su padre, quien se dejó caer en ella como abrumado de cansancio. Ptitzin, anonadado, balbució:
—ValdrÃa más que… que se acostase.
—¡El viejo aún se permite amenazar! —dijo Gania a su hermana, en un cuchicheo.
—¡Acostarme! —rugió Ivolguin—. Me insulta usted, señor; no estoy beodo. Ya veo —continuó, levantándose— que aquà todos se ponen en contra mÃa. Todos y todo. Me voy… Pero antes, señor, sepa…