El idiota
El idiota Hipólito entró en la habitación en pos de los demás. Una sonrisa malévola contraía sus labios. Nina Alejandrovna aparentaba un tremendo espanto. En aquellos meses había cambiado mucho, y estaba harto más delgada. Desde que vivía en casa de Ptitzin no se mezclaba jamás, al menos ostensiblemente, en los asuntos de sus hijos. Kolia parecía preocupado e inquieto. Ignorante de las causas reales de aquella nueva tempestad doméstica, no comprendía en qué pudiera consistir lo que allí se llamaba «la locura del general»; pero asistía a las terribles escenas que su padre provocaba continuamente. Y estaba seguro de que en su progenitor se había operado un cambio profundo. Otra cosa inquietaba al muchacho. Hacía tres días que su padre había dejado de beber y por ende se había querellado con Lebediev y con Michkin. Kolia acababa de entrar en casa llevando media botella de vodka que había comprado con su dinero.
—Maman —había asegurado a Nina Alejandrovna antes de bajar a la sala—, vale más que beba. Hace tres días que no prueba una gota y se siente excitado, naturalmente. Le conviene un poco de vodka. Cuando estaba en la cárcel le sentaba muy bien.
El general, cruzando la puerta, detúvose en el umbral y se dirigió, impetuoso, a Ptitzin.