El idiota

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—No. Sólo ha permanecido veinticuatro horas. Yo deseaba, ¿sabe?, que el general la encontrara también. Pensaba que si yo había terminado por descubrir la cartera, también podría encontrarla el general, ya que es un objeto que salta a los ojos y se ve perfectamente bajo la silla. Incluso he cambiado de sitio ésta repetidas veces, para que el general no pudiese dejar de observar la cartera, pero no la ha visto a pesar de haber estado expuesta allí veinticuatro horas. Al general se le notaba muy distraído, parecía no darse cuenta de nada, hablaba, relataba historias, reía y de pronto se indignaba conmigo sin que yo supiese la causa. Al salir de la habitación dejé abierta la puerta a propósito para que reparase en la cartera. Y él estaba desconcertado, inquieto; acaso temiese por la suerte de la suma… De pronto se enfureció y guardó silencio. Apenas dimos dos pasos en la calle, me dejó plantado y se fue en dirección opuesta a la mía. Por la noche nos encontramos en la taberna.

—Pero al fin guardó usted la cartera de nuevo, ¿no?

—No. Por la noche volvió a desaparecer de debajo de la silla.

—¿Y dónde está ahora, entonces?

Lebediev se incorporó y miró jovialmente a Michkin.


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