El idiota
El idiota —Debió usted decÃrmelo —observó Michkin, pensativo.
—Temà importunarle, prÃncipe, dadas sus impresiones, y si me permite la expresión, extraordinarias de este momento. He procedido como si no hubiese encontrado nada. Una vez seguro de que la cantidad estaba intacta, cerré la cartera y la puse otra vez bajo la silla.
—¿Para qué?
—Para llevar la investigación hasta el fin —repuso Lebediev, riendo y frotándose las manos.
—¿Y sigue allà desde anteayer?