El idiota
El idiota —Ha seguido furioso todo el dÃa. Hoy continúa de muy mal humor. A veces manifiesta una alegrÃa alcohólica o una sensibilidad lacrimosa, y a lo mejor se indigna hasta un punto que me espanta. Yo, prÃncipe, no soy hombre de armas tomar. Ayer estábamos juntos en la taberna. De pronto el general observa el faldón de mi levita, abultado por la cartera, y se enoja. Hace mucho que no me mira a la cara, no siendo cuando está muy ebrio o muy conmovido, pero ayer me miró de un modo que dióme escalofrÃos. Mañana me propongo informarle del encuentro de la cartera, pero antes pasaré hoy una veladita en la taberna con él.
—¿Por qué le atormenta as� —preguntó Michkin.
—No le atormento, prÃncipe, no le atormento —repuso, con calor, Lebediev—. Le quiero sinceramente… y le estimo. Además, créalo usted o no lo crea, ahora le quiero más que nunca. ¡Le aprecio mucho más que antes!
Pronunció aquellas palabras en tono tan serio y con tal apariencia de sinceridad, que el prÃncipe no pudo oÃrlas sin indignarse.