El idiota
El idiota —¿Le quiere y le hace padecer asÃ? FÃjese: se ha arreglado para que usted encuentre lo perdido, lo ha colocado bajo la silla y en su levita. Con eso le da bien a entender que no quiere disputar con usted y que le ruega sinceramente que le perdone. ¡SÃ, le pide perdón! Es decir, que cuenta con la delicadeza de los sentimientos de usted y, por lo tanto, cree en su amistad. ¡Y usted rebaja de tal modo a un hombre tan… honrado!
—Muy honrado, prÃncipe, muy honrado —repitió Lebediev, con los ojos brillantes—. Sólo usted, nobilÃsimo prÃncipe, era capaz de pronunciar palabra tan justa. Sólo por ello le veneraré toda mi vida, prÃncipe, por muy corrompido que yo sea. ¡Me he decidido! Voy a encontrar la cartera ahora mismo, no mañana. La sacaré de la levita ante sus propios ojos, prÃncipe. Aquà la tiene, con todo el dinero. Guárdemela hasta mañana, noble prÃncipe: Mañana o pasado mañana se la pediré.
—No, vaya a decirle sin rodeos que la ha encontrado. Primero procure que él se fije en que no lleva usted el faldón abultado. Con eso comprenderá.
—¿No valdrÃa más decirle que la he encontrado y fingir que no he tenido nunca duda alguna?
—No —dijo el prÃncipe, tras un momento de reflexión—. Es muy tarde ya: serÃa peligroso. Más vale que calle. Muéstrese amable con él… sin exagerar… Ya sabe…