El idiota
El idiota Lisaveta Prokofievna estaba muy orgullosa de su noble cuna. ¿Cómo reaccionaría cuando supiese a quemarropa, sin la menor preparación, que el último representante de su raza, aquel príncipe Michkin de quien oyera hablar alguna vez, no era más que un pobre idiota, un pordiosero necesitado de la caridad ajena? El general, temiendo un interrogatorio sobre las perlas, había premeditado este efecto teatral que dirigiría la atención de su mujer en otro sentido.
Cuando sucedía algo extraordinario, Lisaveta Prokofievna abría mucho los ojos, recostábase en su asiento y miraba vagamente en torno suyo. Era una mujer alta y ancha de formas, pero delgada, de la misma edad que su marido, con una cabellera negra que empezaba a encanecer, aunque fuese abundante todavía. Tenía la nariz algo aquilina, mejillas hundidas y macilentas y delgados labios plegados hacia dentro. Su frente era alta, si bien estrecha, y sus grandes ojos pardos mostraban a veces las más inesperadas expresiones. Antaño había tenido la creencia de que sus ojos eran subyugadores y desde entonces nada había podido disipar su convicción.
—¿Recibirle? ¿Recibirle ahora?
Y abriendo mucho los ojos miraba a su marido, que paseaba de un lado a otro de la habitación.