El idiota
El idiota —No tienes por qué enojarte en lo más mÃnimo, querida —se apresuró a declarar Ivan Fedorovich—. No lo recibas a no ser que verdaderamente te complazca verle. Es realmente un niño, y un niño que da lástima. Padece accesos de cierta enfermedad y en este momento llega de Suiza. Ha venido a casa en seguida de apearse del tren. Va vestido un poco extravagantemente, algo a la usanza alemana. Y lo principal es que no tiene un kopec. ¡No creas que exagero! Poco le falta para que se le salten las lágrimas. Le he dado veinticinco rublos y quiero buscarle un empleo de escribiente en nuestro ministerio. Os ruego, mesdames[6], que le invitéis a almorzar, porque sospecho que debe de estar hambriento…
—Me asombras —contestó la generala, sin cambiar de tono—. ¡Hambriento y sufriendo accesos! ¿Qué clase de accesos?
—¡Bah! No son frecuentes y además, lo repito, es como un niño, y está bien educado. Os agradeceré, mesdames, que le sometáis a un examen —añadió el general volviendo a dirigirse a sus hijas—. Conviene conocer sus aptitudes.