El idiota
El idiota —¿Someterle a un examen? —murmuró su mujer, pronunciando lentamente cada sÃlaba y dirigiendo alternativamente la mirada a sus hijas y a su marido—. Querida, no lo tomes a mal… En fin, haz lo que quieras. Yo me proponÃa tratarle con benevolencia, introducirlo en casa… Casi serÃa una buena acción. —¿Introducirlo en casa?… ¿Y dices que acaba de llegar de Suiza?
—Eso no es obstáculo… Pero repito que como quieras. Se me ha ocurrido la idea porque lleva tu mismo apellido y acaso sea tu pariente, y además porque no tiene ni donde reposar la cabeza. He juzgado también que, como miembro de nuestra familia, despertarÃa en ti algún interés.
—Por supuesto… Maman, no hay que enojarse con él —dijo Alejandra—. Además llega de viaje y está hambriento. ¿Por qué no darle de comer si no tiene adónde ir?
—Además, es un niño completo. Hasta se puede jugar con él al escondite…
—¿Jugar al escondite? ¿Qué quieres decir?
—¡Oh, maman, deja ya de ponerte interesante! —interrumpió Aglaya, molesta.
Adelaida, la hija segunda, que era de carácter alegre, no pudo contenerse y rompió a reÃr.
—Hazle llamar, papá. Maman lo permite —decidió Aglaya.