El idiota
El idiota —Asà es —se apresuró a reconocer el prÃncipe—. Ya se me ha ocurrido esa idea hace algún tiempo. Los periódicos han hablado de un asesinato que tuvo por objeto robar un reloj sin valor. Si un escritor hubiese inventado tal cosa, los crÃticos y las personas que se juzgan conocedoras del carácter humano dirÃan que era inverosÃmil. Y, no obstante, los detalles de ese crimen llevan el sello auténtico de la realidad rusa. Su observación es muy justa, general —concluyó el prÃncipe con vehemencia, satisfecho de poder engañar a Ivolguin sobre la causa de su rubor.
—¿Verdad que sÃ? —exclamó el general, radiante de alegrÃa—. Un chiquillo, un niño ignorante de todo se atreve sin duda a deslizarse entre el gentÃo para ver un cortejo brillante, uniformes y un hombre ilustre del que ha oÃdo hablar mucho. Porque hacÃa varios años que no se hablaba de otra cosa que de él. El mundo estaba lleno de aquel nombre; yo lo habÃa, por decirlo asÃ, bebido en el seno de mi madre. Napoleón, al pasar junto a mÃ, me miró por casualidad, y, como yo vestÃa muy bien, con mis ropitas de «bartchenok[15]», se fijó en mÃ. Yo, ostentosamente ataviado, entre aquella turba, solo, tan niño… Usted comprenderá…
—Sin duda. Debió de impresionarse, además, ver que no todos habÃan abandonado la población, y que incluso quedaba en ella gente distinguida.