El idiota
El idiota —Mi caso, desde luego, se sale de lo corriente —dijo el general, benévolo—. Y sin embargo, no tiene nada de extraordinario en sÃ. La verdad, muy a menudo, parece imposible. ¡Paje de Napoleón! Sin duda eso parece una cosa muy rara. Pero la aventura de un niño que podrÃa contar sobre diez años se explica precisamente por su edad. A los quince años no habrÃa sucedido por la poderosa razón de que a los quince años yo no hubiese huido de casa para presenciar la entrada de Napoleón en Moscú, sino que habrÃa quedado junto a mi madre, que sorprendida por la irrupción del enemigo, permanecÃa, temblando de miedo, en nuestra casa de madera de la Staray Basmanaya. A los quince años yo hubiese tenido miedo, pero a los diez no lo tenÃa y por eso, abriéndome camino a través de la multitud apiñada ante el palacio, llegué a la escalera en el momento en que Napoleón se apeaba.
—Con razón dice usted que un niño de diez años puede no tener miedo de nada —asintió Michkin, muy mortificado al notar que se ruborizaba.
—Sin duda, y por ello todo se desarrolló del modo más sencillo y natural, como sólo en la realidad sucede. Si un novelista lo cuenta, lo colma de detalles disparatados, inverosÃmiles.